Ateísmo maduro

Vive y deja vivir. Reconocer el valor objetivo de lo que la cultura católica ha proporcionado a las tradiciones del país

¿Puede un ateo celebrar a un santo? ¿Puede un protestante venerar a un santo? A primera vista, la respuesta es no. Sin embargo, en realidad, depende. ¿De qué depende? Del lugar donde se celebre. Si en ese lugar han sido superados viejos prejuicios anticatólicos y los clichés que ello lleva consigo, es posible que un católico, un protestante y un ateo vayan de la mano para recordar la figura de un santo, por la impronta que ha dejado en la cultura y en la civilización de ese lugar. Tal es el caso de Alemania, donde ateos, protestantes y católicos celebran a san Martín de Tours (11 de noviembre) o a san Nicolás de Bari (6 de diciembre).

Me lo hacía considerar, recientemente, una amiga que vive en Alemania. Comentando cómo los niños hacen una procesión de velas, al atardecer, durante toda una semana, para celebrar a san Martín de Tours. Son seguidos, mezclándose entre ellos, por católicos, protestantes y ateos. Todos se unen a la fiesta, por considerarla parte del patrimonio cultural alemán. Digamos que la identidad germana incluye la celebración de san Martín, de forma que su fiesta va más allá de las estrictas fronteras del catolicismo, para ser un santo de todos los alemanes (lo que no deja de ser curioso, pues su tumba está en Francia y su origen es húngaro). Algo análogo sucede con san Nicolás de Bari que, como se sabe, es el antecedente histórico de la figura de Santa Claus (del alemán Sankt Niklaus) y Papa Noël. Originalmente los regalos se entregaban a los niños el 6 de diciembre, día de su fiesta. Se cambió a Navidad la fecha de entrega de los presentes gracias a la reforma protestante, que dio mayor importancia al Christkind, al nacimiento de Jesús, siendo el Niño Jesús quien traía los regalos. Curiosamente también, lo de la chimenea como lugar por donde entra Santa Claus para repartir los regalos, tiene su origen en una tradición, según la cual san Nicolás dejó caer sobre la chimenea de una casa pobre, una bolsa con monedas de oro, ya que el padre de esa familia había decidido dedicar a sus tres hijas a la prostitución, porque no tenía dinero para darles dote.

Ahora bien, lo que vemos en Alemania, supone la existencia de un ateísmo y un protestantismo maduros que, sin renunciar a su propia identidad y a sus propias ideas, reconocen la presencia de elementos católicos en la configuración de la cultura en la cual viven. Tienen la madurez para reconocer un hecho histórico y cultural: cómo los elementos católicos han contribuido a conformar la identidad alemana. Digamos que su culto no es religioso, sino nacional. Son, respectivamente, ateísmos y protestantismos maduros, que han superado el estadio de beligerancia contra el catolicismo, y tienen la capacidad de reconocer las cosas buenas que éste ha proporcionado a su patria a lo largo de la historia.


Dicha madurez me hacía pensar que en América Latina estamos muy lejos de conseguirla. Por acá, con mucha frecuencia, los grupos evangélicos conciben su identidad en clave antagónica con el catolicismo. Es decir, lo que los aúna, muchas veces, es tener un enemigo común: la Iglesia Católica. Por lo tanto, construyen su propia identidad en confrontación con el catolicismo, de manera que son incapaces de reconocer nada bueno en él, pues dejarían entonces de tener una razón para existir. Se trataría, en consecuencia, de protestantismos inmaduros, que necesitan de la confrontación con el catolicismo para definir su identidad. En ese sentido, es difícil que un evangélico practicante reconozca el valor que tiene la Virgen de Guadalupe en la conformación de la identidad mexicana, o el Señor de los Milagros en la cultura peruana.

También, en América Latina, nos encontramos con frecuencia, con grupos ateos beligerantes. Más que ateos, en realidad son antiteístas, pues definen su identidad en confrontación con los valores católicos, mientras copian los modus operandi de las religiones, por ejemplo, su talante proselitista y agresivamente polémico. Quizá la manifestación más evidente de ello sean algunas de las actividades que organizan, por ejemplo “la parrillada hereje”, una carne asada que se realiza el Viernes Santo. Buscan hacer coincidir su evento social con la conmemoración litúrgica del Viernes Santo, como una especie de bautizo de fuego, en el cual se pone en evidencia cómo han roto definitivamente con sus creencias católicas, aunque, irónicamente, todavía dependen de ellas.

¿Cómo sería un ateísmo maduro en América Latina? A mi entender debería cumplir con dos condiciones: la primera, ser pacífico, operar bajo el lema: “vive y deja vivir”. No entender que “el enemigo” es el creyente, sino dejar a cada quien seguir su camino: si ateo, ateo; si creyente, creyendo. La segunda característica -y la más difícil- es reconocer el valor objetivo de lo que la cultura católica ha proporcionado a las tradiciones del país, contribuyendo decisivamente a forjar su identidad. Bajo ese prisma, nada de extraño tendría que un ateo participara en la procesión del Señor de los Milagros, o celebrara el 12 de diciembre a la Virgen de Guadalupe.