El éxito del fracaso

No hay mayor felicidad y plenitud que una vida vivida con sentido

Llevo un tiempo algo dispersa, con poco espacio para sentarme a escribir. Inmersa en una época de cambios profesionales y nuevos proyectos que necesariamente conllevan dedicar tiempo a discernir con prudencia lo que de pronto acontece, sin haberlo llamado, y a la reorganización propiamente dicha del día a día.

Y es que la vida nos pone delante situaciones inesperadas que nos mueven la silla. Sí, esa silla o sillón, en mi caso, que tanto me gusta, y en el que me siento muy comodita.

Un acontecimiento, una llamada a hacer algo en un momento, que suele pasar, no es el que yo hubiera elegido.

Lo inesperado, lo no previsto… ¿qué sería la vida si no pudiéramos esperar lo inesperado? Esa esperanza que nos hace abrirnos con confianza a algo que no conocemos pero que al mismo tiempo sabemos que vale la pena, que nos conduce a una meta, con un norte: la plenitud de un encuentro para el que nacimos. Esa esperanza que nos hace vivir esperando en el asombro de lo que acontece junto con el desasosiego que produce la pérdida del control que tanto nos gusta. A mí especialmente…

Pues bien, en estos días de cambios, ante el baile entre la ilusión y la incertidumbre; ante esa tensión entre el discernimiento prudente y la indecisión del no controlarlo todo; sumergida en ese diálogo entre la comodidad del mundo conocido y la incomodidad de adentrarte en algo nuevo … pensaba en las catedrales y en las personas que trabajaron en construirlas.

Me intentaba poner en su situación y me preguntaba cómo se lanzaron a esa misión.  ¿Qué les movió a hacer ese trabajo? ¿Cómo se decidieron si sabían que los frutos no los iban a ver?

Y es que cuando se trata de cambios, lo primero a lo que miro es a los posibles frutos. Ese resultado palpable que pueda hacer que la balanza se incline hacia el lado derecho o el izquierdo. ¿Te pasa a ti?

Supongo que sí. Es nuestra parte racional en estado puro unida a que somos hijos de nuestro tiempo y lo que, precisamente, nos envuelve es esa visión práctica y utilitarista de nuestras acciones. Todo esto unido a la inmediatez y rapidez en la que vivimos.

Sin embargo, estas personas trabajaron en algo cuyos frutos sabían que no verían. Una escultura, una vidriera, una gárgola, un retablo… una piedra, dos, tres… no les importó. Sabían que estaban trabajando en algo muy grande para Alguien muy grande y que su granito de arena era solo eso, un granito de arena. Supieron vivirse desde el ser un eslabón de una larga cadena, donde lo importante no eran ellos.


Tenían una meta, una esperanza y un para qué que daba sentido a un trabajo, incluso de toda una vida, cuyos frutos verían las generaciones futuras y no ellos. Y me preguntaba si acaso es que no buscaban el éxito.

Claro que lo buscaban, pero pienso que el tema trasciende más allá:  a qué entendían ellos por tener éxito.

En un mundo como el presente en el que estamos súper pendientes de gustar y del like de nuestros posts y fotos. Atentos a ese aplauso y reconocimiento de nuestros semejantes, trabajar para construir una catedral es impensable.

Pero si tu éxito lo pones en un para qué que te trasciende y en esa misión de tu vida que da sentido a todo, ese aplauso mundano empieza a darte igual y esos “me gusta” en redes sociales los cambias por los likes del alma.

Pensaba en ello, dando vueltas al concepto de éxito que quería tener en mi vida y me di cuenta de que yo quería estos últimos likes. Esos que no dependen de ti y tu perfección (que nunca llegará por otra parte). Esos que cuentan con esa perfecta imperfección y con la heroicidad de conducir la propia vida. De una vida donde la vulnerabilidad y el límite tienen su sitio y son acogidos. y de una vida, donde no hay un yo sin un tú.

Y ¿Por qué? Porque no hay mayor felicidad y plenitud que una vida vivida con sentido. Donde tu piedra, tu capitel, columna o grano de arcilla forman parte de un cuerpo que te necesita. Y donde esos dones o talentos que has recibido los pones al servicio de la construcción de algo que te trasciende y de unos frutos que quizá no tengas la suerte de ver. Donde tú, siendo inmensamente valioso y querido, no eres lo importante.

Alguien que sabe mucho ya nos dijo hace mucho que el grano de trigo da fruto cuando cae en la tierra y muere. Así que ¿qué es el éxito sino saber morir a ti mismo?

Esto para la sociedad y con los ojos del mundo material es fácilmente sinónimo de fracaso, pero termino con otra pregunta: ¿Para Quién vives?  ¿Para qué?