Un comentario en torno a los votos de pobreza, castidad y obediencia (I)

A partir de los frescos de la Basílica inferior de San Francisco en Asís

Le Ande Films de Jean Carlos González
Le Ande Films de Jean Carlos González

Con motivo de los 800 años de la aprobación de la regla de la primera orden franciscana de los Hermanos Menores.

Realizadas por los alumnos del taller de Giotto di Bondone y supervisadas por el propio artista hacia finales del siglo XIII y comienzos del XIV, nos encontramos con las decoraciones pictóricas al fresco en la bóveda de crucería sobre el presbiterio y el altar mayor de la Basílica inferior de San Francisco en Asís, Italia. Los cuatro paños o plementos (vele en lengua italiana) nos hablan de la gloria del santo –uno en particular se esmera en esta celebración con detallada magnificencia– a la vez que nos presentan los tres votos especiales que fueron los principios de guía y enseñanza en el camino que Francisco escogió seguir por amor al Señor. Constituyen las alegorías de los votos de pobreza, castidad y obediencia, los mismos votos que todos los religiosos consagrados de distintos carismas y familias ofrecen en la senda de perfeccionamiento tras las huellas de Jesucristo.

Como mencioné, para San Francisco estos votos son principios de guía y enseñanza y asimismo pueden serlo para quien quiera contemplar la ruta que las alusiones nos muestran en las formas alegóricas de las imágenes, pues en su original visión de la Palabra que busca siempre ser literal pero que al mismo tiempo se vuelve creativa, el Poverello d’Assisi nos descubre una vía aún novedosa que invita a la conversión auténtica, a la metanoia, a la transformación profunda de la mente y el corazón. Veremos que con ellos, análogamente a las paradojas que describen las bienaventuranzas evangélicas, la percepción y promesa que se cumple del ser libre tras la plenitud se repite como una necesaria consecuencia de la opción que anuncian: la senda verdadera de servir a Dios en libertad y alegría.

La alegoría de la pobreza

En la primera regla –la llamada regla no bulada– que Francisco prepara y será base para establecer la orden que funda, podemos leer: “La regla y vida de los hermanos consiste en vivir en obediencia, en castidad y en desapropio, y en seguir las enseñanzas y las huellas de nuestro Señor Jesucristo”. Y a continuación el Santo de Asís cita el Evangelio que cuenta la recomendación de Jesús al joven rico: “Si quieres ser perfecto, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme” (Mateo 19, 21). Y asimismo agrega: “El que quiera venir en pos de mí niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mateo 16, 24). Sin duda, Francisco tomó este camino de renuncia a toda posesión –que en su caso no eran pocas– y cargó fielmente su propia cruz tras los pasos de su Señor; por ello lo recordamos singularmente como il Poverello, el Pobrecito, y así propone esta vía como forma esencial de vida, tal como aspira que se traduzca la letra de la regla. Sin embargo, en este comienzo de la regla curiosamente no vemos escrita la palabra “pobreza” para referirse a este voto, sino que, con el acierto de una mayor precisión que toca la voluntad y el alma, Francisco nos dice en forma textual “desapropio”. Sine proprio se lee literalmente en el latín de ese primer artículo, una locución cuyo uso la curia romana había estado imponiendo a todas las órdenes nuevas durante el pontificado de Inocencio III. Francisco le dio un sentido evangélico a esta expresión más allá de lo material para configurar la actitud interna de desapropio, es decir, el desprendimiento desde lo interno, el desposeerse íntimamente de toda propiedad, sea tangible o intangible, y así acogerse libre y con total confianza a la voluntad y providencia de Dios Padre que siempre vela por sus hijos.

Insistamos en esta palabra: desapropio. Con el desapropio, en la desposesión, el alma se abre a la caridad para recibir y acoger a la Creación entera y a cada ser como don y gracia, especialmente a los más vulnerables y necesitados. No hay estorbo material, ni siquiera conceptos e inclinaciones personales que aten; nada encadena, sino que en el vaciamento del ego y en la renuncia a la natural tendencia egoísta de acumular posesiones y de dominio, se propicia la apertura para vivir las bienaventuranzas, para experimentar la verdadera libertad del espíritu y la fe cierta en la Paternidad de Dios y el conocimiento seguro y claro de que Jesús, el Hijo unigénito, se hace humano para ser nuestro hermano amadísimo; la filiación que asimismo lleva a sentir la auténtica fraternidad universal, a ver y a tratar como hermanos y hermanas a todos los seres y creaturas. Il Poverello, el hombre genuinamente libre y de plena alegría que se fascina en el inmenso amor de Dios que es todo bien y sumo bien, que está enamorado de Jesucristo, ve claramente en el desapropio, en la pobreza así entendida, la vía para seguirlo calcando las huellas del Hijo de Dios que eligió para nuestra salvación la vida como pobre hasta llegar a la cruz.


Maravillado y comprometido por la fidelidad que Francisco de Asís dedica al camino escogido en la auténtica desposesión, en la pobreza, uno de sus seguidores escribió el poema alegórico Sacrum commercium Beati Francisci cum domina Paupertate,  que en español conocemos como Las bodas místicas del Beato Francisco con Dama Pobreza. Tomasso da Celano en su segunda biografía sobre el Santo, luego San Buenaventura en la Leyenda Mayor y más tarde Dante Alighieri en el Canto XI del Paraíso en la Divina Comedia celebraron ese grandísimo amor de Francisco por el camino de la pobreza haciéndolo semejante al fiel amor conyugal.

En el fresco del plemento dedicado a la Santa Pobreza –S(ANCTA) ˜PAUP(er)TAS alcanzamos a leer en la pintura, la vemos a ella justamente en el centro con la figura alegórica de una dama pobre, descalza y vestida en harapos, con un traje de múltiples remiendos y roturas en la tela gastada. Ella dirige sus ojos a San Francisco y este le extiende su mano derecha, quien asimismo la mira y la recibe, poniéndole en el dedo anular lo que nos parece un anillo de compromiso con el que celebra el acto de las nupcias que indisolublemente los une. Entre ambos, Jesús, posando también su mirada amorosa en Francisco, le ofrece y entrega a la Dama Pobreza y bendice esta unión especialísima como confirmando la santa boda que determinará la vida de entrega y desapropio del Poverello: el desposorio con la desposesión. A los pies y delante de la Dama Pobreza crecen espinos que erizados muestran las dificultades del camino para acercarse a ella, mientras en torno a su cabeza con su aureola y detrás de su figura se distinguen los arbustos de lirios de la pureza y rosas del amor que florecen en su jardín fértil. A la derecha de ella podemos apreciar las imágenes en alegoría de dos virtudes teologales, la Esperanza (SPES), vestida de verde que con toda confianza había dado el anillo en la espera del enlace nupcial, y la Caridad (KARITAS), con una túnica en tono rosáceo y una corona que asoma llamaradas de su ardor, y que a su vez entrega un corazón generoso a los esposos. A los dos lados del conjunto de figuras centrales, varios ángeles agrupados contemplan como testigos atentos esta boda singular. Pero hay otros detalles que nos hablan en esta alegoría de algunas historias que tienen relación con el camino de San Francisco. A nuestra izquierda, un joven se desprende de su capa para dársela a un mendigo, imagen que de algún modo parece recordar el episodio cuando Martín de Tours –santo de popular devoción durante el Medioevo– corta  con la espada la mitad de su capa de soldado para dársela a un pobre que padece frío. Casi como mostrándole la opción más radical en la caridad, un ángel toca el hombro del joven para señalar las alegóricas bodas que inician el camino del Poverello. Del lado opuesto, a la derecha, otro ángel también enseña la escena de las nupcias a un grupo de tres personajes. Su postura y vestimenta parece que se alejan del espíritu de desposesión que predica San Francisco, y así quizás pueda distinguirse al Emperador Federico II de Hohenstaufen, con su ave de cetrería y su corona de laurel de poeta, y a la derecha de este, con hábito monacal, a Fray Elías de Cortona, ambos promotores de la construcción de la suntuosa basílica, tan opuesta a los ideales de pobreza del santo. Volviendo al centro del plemento y en el nivel inferior, en una escala menor vemos a un par de jóvenes acompañados de un perro en actitud prevenida que desprecian y rechazan a la Dama Pobreza; uno de los jóvenes tienen en su mano derecha una piedra a punto de lanzarla y otro extiende una larga vara que toca los espinos con intención de alejar a la figura lo más posible. Finalmente, en la parte superior un par de ángeles en vuelo llevan como ofrenda de amor al Señor de los Cielos precisamente los objetos de renuncia y desposesión del Pobrecito de Asís antes de iniciar su nueva vida: su capa y vestido, su riqueza en una bolsa, su casa con huerto donde habitaba. El camino con la Dama Pobreza es el mismo de la misión que leemos en el Evangelio: “No lleven encima oro ni plata, ni monedas, ni provisiones para el camino, ni dos túnicas, ni calzado, ni bastón” (Mateo 10, 9-10a). Cuando escuchó estas palabras hacia febrero de 1208 durante la celebración de una misa, y luego de consultar al sacerdote la debida interpretación del pasaje, Francisco saltó de alegría y exclamó con toda convicción: “Esto es lo que yo quiero, esto es lo que yo busco, esto es lo que en lo más íntimo del corazón anhelo poner en práctica”. Y así comenzó su camino de amorosa aventura en pos de las huellas de Jesucristo y en la renovación de la Iglesia.

“Amen siempre y guarden la santa pobreza, nuestra señora”, recomienda Francisco a sus frailes con su lenguaje de trovador en el párrafo final del Testamento de Siena. Y en el capítulo VI de la Regla que compone para la Orden de los Hermanos menores, cuyo octavo centenario de la bula aprobatoria celebramos este 2023, podemos leer un como himno festivo que dedica San Francisco a la Santa Pobreza, la misma con la que el Hijo escogió para habitar con nosotros en el mundo: “Esta es la celsitud de la altísima pobreza que os ha constituido a vosotros, amadísimos míos, herederos y reyes del reino de los cielos, os ha hecho pobres de cosas y os ha enaltecido en virtudes. Sea esta vuestra porción, la que conduce a la tierra de los vivos. Estrechaos a ella totalmente, amadísimos hermanos, y, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, ninguna otra cosa queráis tener jamás bajo el cielo”.