Un comentario en torno a los votos de pobreza, castidad y obediencia (III)

A partir de los frescos de la Basílica inferior de San Francisco en Asís

Le Ande Films de Jean Carlos González
Le Ande Films de Jean Carlos González

Con motivo de los 800 años de la aprobación de la regla de la primera orden franciscana de los Hermanos Menores.

La alegoría de la obediencia

Al tomar el camino de la pobreza, del desapropio, comprendemos que todo es don, incluso la libertad recibida como creatura. Francisco, cuando lee y saborea la Sagrada Escritura, entiende muy bien que el real sentido de libertad que nos da el Señor se hace pleno cuando efectivamente se orienta siempre hacia el bien. En el Evangelio de Mateo nos dice Jesús que su auténtica familia es aquella que busca cumplir la voluntad de Dios Padre, lo que equivale a ser obediente a su Palabra. ¿Pero en qué consiste seguir la voluntad del Señor? Jesús mismo nos describe con exactitud esta obediencia que se vuelve ejemplar para nosotros: “El que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y el que quiera ser el primero que se haga su esclavo: como el Hijo del hombre, que no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate de muchos” (Mateo 20, 26b-28). En el servicio fraterno atento y amoroso está la clave que San Francisco nos descubre y será el signo que caracteriza su obediencia. Él la entiende precisamente por el sentido de la desposesión, desde la renuncia del ego para saber mirar claramente el luminoso camino de la entrega y el amor. “Si tu ojo está sano –limpio y es sencillo, también podríamos decir–, tu cuerpo se inundará de luz”, leemos también en el Evangelio (Mateo 6, 22b). Por ello, en la tercera de sus exhortaciones espirituales a sus queridos hermanos que lo acompañan en el nuevo camino de su vocación tras las huellas de Cristo, nos habla de tres tipos de obediencia que buscan cumplir la voluntad del Padre. Así tenemos:

  • la obediencia verdadera, que consiste en que la libre y propia iniciativa del hermano en el obrar bien no está en contra de la voluntad del superior y fluye así sin expreso mandato;
  • la obediencia caritativa, en la que hermano lleva a cabo la obra buena que le ha indicado realizar su superior, renunciando y desposeyéndose voluntariamente así de su propia iniciativa, aun sabiendo que es incluso mejor a la que le han mandado; todo este sacrificio en el servicio especial a su prójimo;
  • y la obediencia perfecta, que es la que se basa al mismo tiempo en la atención a la conciencia recta y a la fidelidad en la fraternidad, incluso si hay conflicto. Nos dice textualmente Francisco: “Pero si el superior le manda algo contra su conciencia, aunque no lo obedezca, no por eso lo deje”; y si por este motivo soporta persecución de algunos, “ámelos más por Dios”, pues así “da su vida por sus hermanos”.

De esta visión franciscana podemos observar que toda obediencia no pide que renunciemos a nuestra convicción libre si tiene su base en la búsqueda del bien obrar, sino que, en la visión de la familia que quiere Dios Padre, deberá estar siempre en función de la construcción de la fraternidad, que es propiamente el fin del servicio amoroso. En las experiencias de vida San Francisco y Santa Clara de Asís, con la humildad y la paciencia de ambos, podemos ver cómo la fiel obediencia amorosa cosechó ricos y excelentes frutos. La frase final del Poverello  en el Testamento de Siena dirigida a sus queridos frailes resume este sentido de unión en la gran familia de Dios: “…que se mantengan siempre fieles y sumisos a los prelados y a todos los clérigos de la santa madre Iglesia”.

En el plemento dedicado a la alegoría de la Santa Obediencia (S. OBEDIENTIA podemos distinguir las letras en el fresco), vemos en un templete con gradas a su alada imagen sentada al centro con el dedo índice de la mano izquierda sellando sus labios y en el acto de colocar con su mano derecha un yugo sobre el cuello de un fraile arrodillado, quien lo recibe voluntariamente. El yugo, el instrumento de madera cuyo diseño tiene como función guiar a la bestia uncida con él en el carro o en el arado, simboliza la entrega para llevar a cabo en obediencia la voluntad de Dios. Nuevamente en el Evangelio leemos lo que nos dice dulcemente Jesús: “Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera” (Mateo 11, 29-30). Cumplir la voluntad del Padre celestial, servir y entregar la vida por amor a los hermanos es en síntesis el resultado de la obediencia. Junto a su imagen, podemos apreciar a nuestra izquierda la alegoría de la virtud cardinal la Santa Prudencia (S. PRUDENTIA) como una dama bifronte: una cara mira al presente y otra con signos de edad se asoma al pasado. En su visión para discernir entre las variadas opciones y circunstancias en el camino se apoya en curiosos instrumentos de medida como un compás, un astrolabio y también un espejo que devuelve la imagen invertida de los objetos. Pero el cálculo de la prudencia no es cautela o precaución que inmoviliza: en el cristianismo se define como la visión de sabiduría que nos pide actuar conforme a la realidad. A la derecha del plemento observamos, portando una vela luminosa, a su compañera en esta ruta, la Santa Humildad (S. HUMILITAS), tan esencial en la vía obediente, porque nos habla de la conciencia de nuestra condición y límites, lo que nos permite estar abiertos y atentos a la verdad. Como nos recuerda Santa Teresa de Ávila: “Dios es suma verdad, y la humildad es andar en verdad”. Dice Jesús: “Si ustedes permanecen fieles a mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos: conocerán la verdad y la verdad los hará libres” (Juan 8, 31b-32).


Continuando nuestra lectura, en la parte inferior del templete observamos a un ángel que muestra a un par de jóvenes, un religioso tonsurado y un laico –a quien le toma la mano derecha– la ceremonia de la aceptación del yugo. En el lado opuesto, otro ángel hace el mismo gesto a un barbado e inusual centauro con cuernos, cola semejante a la del león y una capa roja sobre su hombro izquierdo, que manifiesta visiblemente su actitud contrariada y de desconcierto. El mitológico centauro, un cuadrúpedo que es imposible uncir y dominar por sus dos naturalezas diferenciadas y fusionadas, la bestial y la humana, es a la vez y en proporciones semejantes intenso y muy terreno instinto y acaso poderoso intelecto, por lo que no alcanza a comprender el acto de humilde sumisión y obediencia que ha escogido el fraile, una opción que solo puede entenderse con el espíritu, en la aceptación y la entrega al amor a Dios.

A ambos lados exteriores del templete grupos de ángeles observan todo el acto con serena y alegre devoción. Y como conclusión de la noble escena alegórica, sobre el techo del templete, flanqueado por dos ángeles que portan pergaminos que mencionan los méritos magníficos en sus virtudes, se nos muestra la bella y ejemplar imagen de San Francisco que nos mira portando sobre los hombros el yugo de su obediencia que las manos de Dios Padre sostienen.

Recuerdo y rezo cada día, acaso con variantes que incorpora la memoria, la primera estrofa de una bella oración atribuida a San Mauro que sintetiza en forma elocuente una visión de la obediencia y la libertad que concuerda con la figura y el camino de entrega amorosa de San Francisco: “Desde que mi voluntad está a la de Dios rendida, conozco yo la medida de la mejor libertad. –Toma Señor de bondad las riendas de mi albedrío, y si a tus manos me fío y a tus manos yo me entrego, es poco lo que niego, porque yo soy tuyo y Tú mío”.